CHINA. Nuevo diseño de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez.

ChinaRediseño de las portadas de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez, con dibujos originales de Marisa López Rodríguez.

En efecto, cuando Blasco Ibáñez se embarcó, en octubre de 1923, en un largo periplo que duraría seis meses, su reputación literaria había alcanzado unas dimensiones impresionantes. La traducción al inglés de Los cuatro jinetes del Apocalipsis le abrió las puertas del mercado editorial estadounidense. Pero, además, recibía grandes sumas por colaborar en la prensa de aquel país, mientras que Hollywood le ofrecía suculentos contratos para llevar a la gran pantalla varias de sus novelas. La casa Hearst tuvo una enorme responsabilidad en este inusitado triunfo del escritor. Buena prueba de ello es la oferta que le realizó la International Magazine,  asegurándole el ingreso de mil dólares por cada uno de los artículos que les fuera remitiendo de su travesía alrededor del mundo.

Como afirmaba Gómez de la Serna, aquel viaje a bordo del majestuoso Franconia estaba «pagado a peso de oro». Sin lugar a dudas, era una magnífica ocasión para que el novelista diera curso a dos de sus aficiones más características. De un lado, podía satisfacer su instinto aventurero, aquel que le había conducido en años anteriores a desplazarse por diversas geografías, ya fuera para observar y documentarse sobre los ambientes que luego recorrerían sus criaturas novelescas, ya fuera para saciar una curiosidad innata en un hombre de acción como él. Por otro lado, Blasco ya había dejado testimonio escrito de algunas de sus experiencias viajeras. A través de la palabra, el personaje nómada ponía a sus lectores en contacto con lugares lejanos que suscitaban su sentimiento de la alteridad, al mismo tiempo que la evocación del desplazamiento geográfico y su interpretación de los ambientes contemplados era una forma de reivindicar su papel en un mundo cuyas fronteras podían ser fácilmente rebasadas.

(De la introducción de Emilio Sales Dasí)

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JAPÓN Y COREA. Nuevo diseño de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez.

japon y coreaRediseño de las portadas de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez, con dibujos originales de Marisa López Rodríguez.

A diferencia de sus novelas y relatos, más allá del componente autobiográfico que pueda alentar la ficción, los textos de viajes poseen un enorme interés para desvelar la personalidad del escritor. Si Blasco fue un hombre infatigable que jamás huyó de los sacrificios que le exigía cada uno de sus proyectos, lo mismo podrá decirse de su faceta como viajero. El novelista valenciano podía dedicar por igual catorce horas a su tarea creativa como, después de iniciar cualquier trayecto, se apartaba del itinerario prefijado para satisfacer su curiosidad. Era un individuo al que el proceso literario le obligaba a arrastrar una existencia sedentaria, pero que, ante las distancias, siempre sentía la atracción de lo desconocido. Entonces, necesita hablar y opinar sobre todas aquellas costumbres y realidades de las que era testigo directo, trasladando, acto seguido, sus impresiones a la página escrita, tal vez sugestionado por la oportunidad que el viaje le brindaba de transformarse en personaje.

En esta tesitura hay que entender libros como La vuelta al mundo de un novelista, resaltando, además, unas circunstancias puntuales que no solo le impulsaron al viaje, sino que determinarían también la orientación de sus testimonios. Esto es. Cuando Blasco emprende su nueva singladura es, por reputación y posición, una persona muy distinta a la que se veía obligada a huir de la persecución policial. En las páginas prologales del libro él mismo lo confirmará al decirle al lector, con orgullosa complacencia, que va a remedar la aventura de remotos viajeros peninsulares de la Edad en unas condiciones muy diferentes. Acompañado de extranjeros, grandes magnates y gente de enormes recursos, en un tour turístico al que muy pocos humanos podrían acceder, dada la entidad del lujoso trasatlántico que les conducirá, el Franconia, y teniendo en cuenta la duración del recorrido. Pero, además de su satisfacción por la magnitud de la empresa, el Blasco que cada vez se ha ido haciendo más cosmopolita, tiene asegurada una recompensa material que trasciende el carácter aventurero y lúdico del viaje. Gracias a su relación con la casa estadounidense Hearst, tenía firmado un contrato con la International Magazine que iba a suponerle el ingreso de mil dólares por cada uno de los setenta y un artículos que contendría la obra.

(De la introducción de Emilio Sales Dasí)

 

 

 

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EL DESPERTAR DEL BUDA. Nuevo diseño de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez.

El despertar del BudaRediseño de las portadas de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez, con dibujos originales de Marisa López Rodríguez.

Suponemos que habrá cientos, si no miles, de biografías del Buda, pero ninguna nos introducirá en la vida juvenil de este divino personaje con tan maravillosa maestría literaria, hasta el punto de que cuando llevamos diez o veinte páginas leídas, parece que hemos olvidado al propio Buda como genio religioso del género humano para familiarizarnos con el bravo Sidarta, capaz de vencer a sus más feroces enemigos y enamorar a las más hermosas doncellas de su época.

Cuando al final de la corta narración, el Buda rechaza todo lo que tiene para buscar el conocimiento divino en su interior resulta poco menos que inadmisible para cualquier lector que se ha sumergido en la brillante exposición de Blasco Ibáñez ―como lo fue para el propio padre del Buda, el viejo Sudhodana―, nadie puede comprender por qué aquel ser humano que había sido honrado con todas las perfecciones de este mundo puede rechazarlas en su totalidad para sumirse en un silencio oscuro e incomprensible que finalmente le conducirá a la felicidad plena del Nirvana.

Aunque, precedido por el Yoga y el Vedanta, el Budismo no ha proliferado tanto en la India como en otros países del Asia oriental, lo cierto es que hoy día este pensamiento se ha convertido en una de las doctrinas espirituales más profundas y admiradas del mundo, y al mismo tiempo en uno de los pensamientos más complejos y originales que se conocen.

Bien es cierto que el Buda nunca pretendió dar a su enseñanza la estructura de un sistema religioso o filosófico, oponiéndose tanto a las técnicas del Yoga como a los profundos métodos del Shamkya o del Vedanta. Su negativa a aceptar las especulaciones de cualquier tipo suele concretarse en aquella historia (mejor podríamos llamarla leyenda o cuento) que narró a su discípulo Malunkyaputta sobre un hombre que había sido herido por una flecha. Cuando los médicos fueron a curarlo, el herido dijo con mucha convicción: «No dejaré que me saquen esta flecha sin saber antes quién me ha herido y si ha sido un brahmán o un kshatriya, quién es su familia, cuál es su aspecto y de qué aldea procede, al igual que el tipo de arco con el que me lanzó la flecha que me ha herido…» Como nos podemos imaginar, aquel hombre murió antes de que le sacaran la flecha…

(Del Epílogo de Ernesto Ballesteros Arranz)

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EL CABALLERO DE LA VIRGEN. Nuevo diseño de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez.

El caballero de la virgenRediseño de las portadas de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez, con dibujos originales de Marisa López Rodríguez.

El caballero de la Virgen se publicó en 1929, un año después de la muerte de Vicente Blasco Ibáñez. Este hecho, sin aparente importancia, puede considerarse como una broma cargada de ironía que el destino le había reservado al escritor. Y ello es así porque Blasco Ibáñez se dedicó durante muchos años a hurgar en los manuales de historia, en los artículos académicos e incluso en documentos antiguos para perfilar un vasto proyecto narrativo, integrado por varios títulos, que él mismo describió como las novelas de «la raza».

Su trayectoria personal y literaria le había llevado a viajar en 1909 a Argentina para impartir un ciclo de conferencias a lo largo de diversas ciudades de aquel país. Hasta esa fecha Blasco había hecho gala, desde la tribuna pública hasta los editoriales de su diario El Pueblo, de un espíritu combativo que arremetía no solo contra la institución monárquica y el desmedido protagonismo de la Iglesia española, sino que condenaba, a su vez, el lastre asfixiante que para el progreso de su país tenía la adhesión a valores de diferente índole sancionados por la tradición. Para él, el problema de España consistía, grosso modo, en su incapacidad para sustraerse a un pasado que actuaba como fuerza paralizante de la sociedad. Sin embargo, al llegar a Argentina, el novelista tuvo que redefinir muchas de sus opiniones anteriores, porque arribaba al continente americano convertido en teórico «embajador» de su país, reivindicando, además, la necesidad de revitalizar los lazos existentes entre toda la comunidad hispanohablante.

En Argentina y desde Argentina, Blasco se transformó en ardoroso adalid de los valores hispánicos. España venía a ser, en su opinión, como la madre que en el pasado abrió las puertas a la civilización más allá del Atlántico y ahora quería reencontrarse con sus hijos, aunque para ello tuviera que lidiar con la visión con que determinados países europeos intentaban desprestigiar a su patria remarcando esa «leyenda negra» que pesaba sobre la conquista del Nuevo Mundo.

(De la introducción de Emilio Sales Dasí)

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EN BUSCA DEL GRAN KAN. Nuevo diseño de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez.

Plantilla La reina CalafiaRediseño de las portadas de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez, con dibujos originales de Marisa López Rodríguez.

La figura del descubridor del Nuevo Mundo interesó a Blasco Ibáñez desde que la Vida de Cristóbal Colón y de los primeros descubridores de América, escrita por Washington Irving, se convirtiera en una de sus lecturas preferidas de juventud. A partir de entonces, el recuerdo de su polémica biografía le persiguió como un verdadero fantasma.

Blasco, que era un hombre muy dado al culto idolátrico de compositores musicales, literatos o figuras históricas, sentía una afinidad mental con los personajes que habían sobresalido de un modo u otro sobre el común de los mortales. Quizá eran para él como un atractivo referente que lo catapultaba hacia la búsqueda de la excepcionalidad. Por eso, no tiene nada de extraño el hecho del interés que despertaron en Blasco los individuos que han suscitado grandes debates históricos. También él hacía ostentación pública con suma frecuencia de todos sus éxitos, pero, asimismo, de las terribles adversidades con las que le tocó bregar.

A su vez, existían otras razones para que Blasco Ibáñez sintiese una especial predilección por Colón. Si este destacó como navegante, aquel no pudo culminar ese deseo infantil que le empujaba a querer ser oficial de la marina. A pesar de esta imposibilidad, el apetito nómada del novelista valenciano pudo quedar satisfecho a través de la escritura y de los múltiples viajes que realizó a lo largo de su vida. Curiosamente, después de recorrer Argentina como conferenciante en 1909, se instala en Madrid para dedicarse a escribir un voluminoso estudio, titulado Argentina y sus grandezas (1910), que podría ayudarle a conseguir apoyos políticos y económicos para su futura empresa como colono. En el capítulo dedicado en dicha obra enciclopédica a los descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo, vibra con singular intensidad la pluma de Blasco, decidido a bucear en la historia para reivindicar el papel civilizador del pueblo español. En los albores de este proceso, largo y complejo, era inevitable coincidir con Colón. Los documentos manejados sobre su existencia y sus viajes serán aprovechados con fines narrativos y argumentativos, de forma similar a como los resultados de las pesquisas bibliográficas se materializarán en Los argonautas (1914), texto con factura novelesca cuyos protagonistas recurren de manera habitual a las andanzas del navegante genovés para ilustrar sus conversaciones, mientras navegan como buscadores de fortuna hacia Argentina.

Blasco contaba, pues, con los mimbres necesarios para escribir mucho antes En busca del Gran Kan, novela que se publicó póstumamente. Pero como ya se ha advertido, el autor se vio obligado muchas veces por los avatares del destino a posponer sus proyectos. A raíz de su entrada en la nómina de autores de «escenarios» más cotizados en Hollywood, las circunstancias mandan. Aunque hay constancia de un contrato, firmado el cinco de marzo de 1926 con la International Magazine, para la redacción de una historia que pasaría al celuloide. A cambio, Blasco ingresaría la nada despreciable cifra de setenta y cinco mil dólares. En el origen de la novela sobre Colón existieron por tanto unos motivos comerciales que, además, condicionaron la aparición de determinados temas y argumentos. Así, según confesaría el propio Blasco, el texto final fue el resultado de una reescritura de la versión original, puesto que el editor del grupo Hearts, Ray Long, le exigía la incorporación de una anécdota amorosa que hiciese más atractivo el entramado central del relato.

Así las cosas, la novela que a continuación se reproduce tiene una intriga fundamentalmente histórica, siguiendo las etapas de la experiencia descubridora colombina; si bien desarrolla una aventura de carácter sentimental ficticia y sin apenas repercusión narrativa, protagonizada por los jóvenes Fernando Cuevas y Lucero, que acompañarán a los intrépidos nautas peninsulares. Dado el peso que la materia histórica desempeña en el relato, Blasco consigue su unidad, aprovechando los principales hitos biográficos de la existencia de Cristóbal Colón, de acuerdo con la exposición que de los mismos había realizado Irving en la semblanza previamente citada. Junto a este texto de referencia básico, el novelista, intentando ofrecer un retrato lo más objetivo posible de su personaje, procedería a una labor impresionante de consulta de manuales históricos y crónicas de la época.

En la forma de proceder de Blasco se conjugaban su aspiración docente, el rigor historiográfico y el empeño novelesco que suscitaba una empresa heroica como la elegida como tema. Detrás de En busca del Gran Kan está la lectura de los Diarios colombinos, así como de autores como Edrisi, Marco Polo, Mandeville, Las Casas, Bernáldez, Fernández de Oviedo, Mártir de Anglería, Fernando de Colón, Humboldt, Rosselly de Lorgues o Pereyra. Un proyecto, por tanto, de vastas dimensiones, en el que los datos empleados adquieren una función demostrativa que delata la modernidad del novelista a la hora de enfrentarse a la figura del célebre descubridor. La suya no será una visión simplificada y aduladora de su protagonista. Blasco trata de poner de relieve las luces y las sombras de la personalidad del navegante. Ahora subraya la incapacidad de ese «hombre de la capa raída» para distinguir lo legendario de lo científico; ahora pone en tela de juicio su mesianismo, detrás del que laten otras aspiraciones más pragmáticas. La avidez de riquezas de Colón, su conducta en ocasiones reprobable con aquellos que le secundaron en su empresa o, incluso, la toma en consideración de la teoría del pre descubrimiento del Nuevo Mundo son motivos que pueden ensombrecer su figura, la de un personaje que justificó sus errores mediante un exacerbado victimismo.

(De la introducción de Emilio Sales Dasí)

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LA REINA CALAFIA. Nuevo diseño de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez.

Plantilla La reina CalafiaRediseño de las portadas de la Colección Obras Esenciales de Vicente Blasco Ibáñez, con dibujos originales de Marisa López Rodríguez.

A diferencia de las novelas más celebradas del autor, aquellas etiquetadas como costumbristas, naturalistas o valencianas, ahora adquiere un protagonismo inusitado el artefacto literario como motivo desencadenante de la creación. Sin embargo, si bien es cierto que el carácter fantástico de El paraíso de las mujeres alejaba a Blasco de la inmediatez de unos problemas reales y cotidianos, no lo será menos que el autor sigue dando muestras perceptibles de su talante observador y de su capacidad para trasladar a la ficción sus preocupaciones sociales e incluso sus fantasmas más íntimos. Especialmente, en los tres títulos señalados ocupará un lugar esencial la reflexión sobre la mujer y su papel en las sociedades modernas.

Mientras la idea original de Jonathan Swift fue transformada en una experiencia imaginaria cuyo protagonista arribó de forma insólita a una isla gobernada por féminas, La tierra de todos desarrollaba los perniciosos efectos que provocaría la presencia de la caprichosa y atractiva Elena de Torrebianca entre los hombres de la colonia argentina de la Presa, al tiempo que La reina Calafia insistía en la imagen extraordinaria de una dama capaz de cautivar al sexo masculino. Tres representaciones femeninas que insistían en un asunto que capitalizó el interés del escritor, sobre todo, a raíz de su viaje a los Estados Unidos. Durante una de las numerosas conferencias a lo largo de la geografía norteamericana, concretamente en el Club Universitario de Filadelfia, había declarado que los hombres de aquel país tenían miedo de sus esposas, llegando a sugerir que los varones deberían librarse de la tiranía femenina con el látigo en la mano. Si bien poco tiempo después el propio Blasco trató de matizar tales afirmaciones en el prólogo a su citada novela El paraíso de las mujeres, destacando la enorme influencia de las mujeres en la sociedad americana, lo que no admite conjetura alguna es el hecho de que el tipo de la femme fatale, que tanto juego daba a la filmografía del Hollywood de la época, se trasladó a sus relatos convertida en una mujer con aspiraciones a la independencia del varón, que igual podía conseguir dominar a través de su seductora coquetería, como renunciaba a las ataduras matrimoniales gracias a una posición económica sumamente ventajosa.

Esta última alternativa es la elegida para plantear el hilo central de La reina Calafia. La visita a Madrid de Concha Ceballos, figura descrita como una reina de tribu, de belleza exuberante y dueña de grandes negocios, pone en jaque la doméstica existencia de la pareja formada por Florestán Balboa y Consuelito Mascaró, originando una crisis sentimental y dando pie a  un triángulo amoroso donde se suscita la dialéctica entre la pasión y el afán de gozar de un mundo sin límites, y la idea burguesa de un afecto tierno, reposado y tradicional. Y es que Concha Ceballos, a la que cortejan infructuosamente varios pretendientes, tiene en sus manos, al igual que el mito amazónico-caballeresco en que se sustenta su personalidad, el destino de los hombres. Sobre ellos ejerce un dominio que trasciende la esfera sentimental, pues también era un magnífico jinete e imitaba los ejercicios y diversiones del otro sexo. Blasco Ibáñez enfatiza sus aptitudes y su carácter autosuficiente, lo que unido a su habilidad innata para manejar la tensión narrativa sirve para configurar el armazón de su fábula. Ahora bien, en la trayectoria de esta dama fascinante, en el desenlace de su aventura amorosa con Florestán, se palpa también un temor que pudo inquietar el ánimo del novelista valenciano. ¿Era aceptable este tipo femenino incorporado al espectro social? ¿En qué posición quedaría el hombre si su compañera le planteaba un pulso de fuerzas? A pesar de que Blasco abogó por la idoneidad de romper con los convencionalismos y defendía el divorcio, no estaba tan convencido de la total emancipación de las mujeres. Ello conllevaba la posibilidad de que el hombre pudiera sentirse desprotegido cuando la mujer adoptase unos roles que se consideraban plenamente masculinos.

Más allá de la literalidad del texto, las situaciones planteadas dejan en el aire una serie de interrogantes sobre las preocupaciones del escritor. La excepcionalidad de su protagonista y el entramado sentimental que discurre a su alrededor muy bien pueden ser la excusa idónea para que Blasco hable ficcionalmente de sus propios fantasmas. Asimismo, La reina Calafia  revela el interés del novelista por las tradiciones legendarias, la literatura caballeresca esta vez, su predilección por el cine o su apego hacia la historia y la geografía. No se olvide que en el texto aparecen unas descripciones (reproducidas casi literalmente en otras de sus novelas cortas y cuentos) de Hollywood, esa «ciudad-camaleón» que tanto fascinó a Blasco. No se ignore tampoco que  uno de los excursos más dilatados de la novela se corresponde con la historia de California, localización espacial con la que está vinculada tanto con Concha Ceballos como la monarca amazónica del libro de caballerías, Las Sergas de Esplandián, elegido como referente literario en el que inspirarse. Y qué curioso, una de las grandes obsesiones del escritor fue su fallido proyecto de una versión cinematográfica del Quijote. En el escenario elaborado para tan magna superproducción, el célebre hidalgo manchego reaparecería en ese territorio californiano que él había recorrido con la mirada y le había dejado una huella profunda en su imaginación.

A través de La reina Calafia, pues, Blasco hace acopio de sus vivencias y el recuerdo le hace sentirse ufano de aquello que la escritura le permitió alcanzar. Si Garci Rodríguez de Montalvo, autor de esas Sergas de Esplandián donde la aguerrida Calafia era reina de una quimérica ínsula California, nunca llegó a salir de su Medina del Campo natal; si el mismo Cervantes tampoco pudo acceder al Nuevo Mundo para cambiar su maltrecha fortuna; Blasco Ibáñez puede rememorar aquellos lugares que contemplaron sus ojos, elevado a la categoría de insaciable viajero y escritor admirado. La novela que has leído, entrañable lector, da testimonio perfecto de este maridaje entre la vida y la literatura, de un diálogo que hizo deambular a sus personajes por las páginas de la ilusión, y a su autor le condujo por las más remotas geografías. Emilio J. Sales Dasí.

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BLASCO IBÁÑEZ Y LA VERSIÓN “FANTASMA” DEL MANUAL DE ALEJO PIERRON.

Martes, junio 2008

HISTORIAS NO ACADÉMICAS DE LA
LITERATURA:

BLASCO IBÁÑEZ Y LA VERSIÓN “FANTASMA” DEL MANUAL DE ALEJO PIERRON

Publicado por Francisco García Jurado

Cuando ingresé como ayudante en la Complutense tuve la inmensa suerte de
convivir durante unos años con una parte de la biblioteca de D. Antonio Tovar.
Allí había una serie de tesoros que, por aquel entonces, aún inmerso en la
Lingüística, no sé si pude apreciar en su justa medida. Junto con obras
capitales de la filología alemana de comienzos del siglo XX me llamaron la atención un par de libritos, de color marrón oscuro con una decoración que, como luego supe, era muy característica del siglo XIX. Se trataba de la Historia de la Literatura Griega de Alejo Pierron, traducida al castellano por Marcial Busquets y publicada en 1861. Pierron fue un conocido estudioso francés que tuvo la suerte de publicar no los mejores, pero sí los más afamados manuales de Literatura Griega y Latina de la Francia (y la Europa) de su tiempo. Él mismo dice muy ufano que escribe para las “gentes de mundo” y, como he tenido ocasión de comprobar, el mismo Clarín se hace eco de Pierron en algunos apuntes historiográficos que pueden verse en su obra de creación. Así las cosas,vemos que en España se tradujo relativamente pronto la Literatura Griega de Pierron. De hecho, es el primer manual de una Literatura Clásica traducido al español.

El manual de Literatura Latina también circuló (así lo he podido comprobar, por ejemplo, en los apuntes que Canalejas tomó de las clases de Alfredo Adolfo Camús, pues tales apuntes se completan con una parte del texto de Pierron). La diferencia está en que la Literatura Latina circuló en francés, mientras que la Griega lo hizo en español.
En cierto momento, supe que también existía una versión castellana de la Literatura Latina. Miré en las bases bibliográficas y supe que era una versión de Antonio Clement publicada en la editorial Iberia en 1966. No, no me estoy equivocando, en el año de 1966, ya en pleno siglo XX (creo que yo mismo había nacido un año antes, aunque todavía no era muy consciente de ello).
Creí que la historia había terminado ahí, pero algunos indicios me llevaron luego a sospechar que existía una versión
castellana bastante anterior en el tiempo a la traducción de 1966. Los datos que tenía me llevaban al convulso año de 1910. ¿Una edición fantasma? Gracias a las búsquedas especializadas al final di con la clave: la traducción del libro de
Pierron estaba dentro de una Historia Universal. Particularmente, su Literatura Latina estaba junto a la Historia de la República Romana del gran historiador francés Jules Michelet, del que volveré a hablar en otro momento. También
figuraba en el mismo tomo El imperio romano de Victor Duruy, cuya Historia de los Griegos había aparecido en 1890 en la editorial Montaner y Simón. No dejaba de ser relevante, además, que las traducciones de los tres libros, ahora
reunidos en un solo tomo correspondiente a esta Historia Universal, fueran de Blasco Ibáñez. La encuadernación es una tela editorial y es un libro profusamente ilustrado, en especial con una serie de cromolitografías que ilustran sobre diferentes aspectos, como el vestido, el ejército, etc. (la ilustración que abre este texto es una muestra).
Blasco Ibáñez, bien lo sabéis quienes estáis estudiando la Colección Prometeo (me refiero a David Castro), tuvo una relación circunstancial si bien no despreciable con los clásicos de Grecia y Roma. En su novela Sonnica la Cortesana aparece una curiosa semblanza de Plauto:

“ –Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco que lo soy, y cuando gozaba de libertad, mi mayor deseo era visitar tu país. ¡Oh Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses… Y recitó en griego algunos versos del Prometeo de Esquilo, asombrando a Acteón por la pureza de su acento y la expresión que sabía comunicar a sus palabras.-¿Es que en Roma os dedican vuestros amos a la poesía? –dijo el ateniense riendo.-Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto. Y mirando en torno de él, como si temiera ser sorprendido por la familia de su amo, continuó hablando, contento de librarse por algunos instantes del tormento de la muela.-He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que es entre vosotros como una religión. Los romanos son poco sensibles a la poesía. Aman las farsas. Una tragedia que a vosotros os hace llorar les dejaría fríos; una comedia de Aristófanes les haría dormir. Sólo gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos personajes de las farsas que llaman atelanas o de los mascarones de agudos dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades en las pompas del triunfo. Apedrearían a un héroe de vuestras tragedias, y en cambio braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul victorioso pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y un penacho de crines, y ríen al ver cómo se vengan de su humildad insultando al vencedor detrás de su carro triunfal. Yo escribí comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi amo cesa de maltratarme para que dé vueltas al molino. Los patricios, los ciudadanos libres, no gustan de verse sobre la escena. Aquí despedazarían a Aristófanes, que sacaba a las tablas a los primeros hombres de su país. Mis héroes son esclavos, extranjeros. Mercenarios, y hacen reír mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la recitaría si no temiese que de un momento a otro llegue mi amo. -¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir a tu pueblo?…- Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro a imitación de los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad. Pedía dinero prestado, contraje deudas; el populacho venía a reír, pero daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al que no puede pagar a ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que antes reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, se venga ahora de su pasada admiración haciéndome dar vueltas a la muela, porque resulto más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se trueca ahora en un golpe sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas. También vosotros, al gran Esquilo, que siempre fue hombre libre, le agradecíais los versos a pedradas. Quedó en silencio Plauto, y sonriendo melancólicamente dijo después:-Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la guerra y ven nuevos países vuelven con más dulces costumbres y aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces… ¡entonces!… En su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados los ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras rodaba, jadeante como una bestia, el enorme cono de piedra.Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle los hijos de su amo, Plauto corrió a uncirse de nuevo a la barra de la muela, mientras el griego salía de la panadería asombrado de tal encuentro. ¿Qué pueblo era este que convertía al deudor en esclavo y hacía de los
poetas bestias de carga?”

(Vicente Blasco Ibáñez, Sonnica la cortesana [Novela], Valencia, Prometeo 1901, pp. 259-261)

Naturalmente, esta traducción de la Literatura Romana de Pierron responde, ante todo, a razones económicas. No
obstante, cabe preguntarse por la microhistoria de esta obra. Cuántos lectores de comienzos del siglo XX supieron, por ejemplo, de Plauto o de Ovidio gracias a la lectura amable de un manual francés cuya única pretensión era ilustrar
deleitando. Como vemos, mientras la Literatura Griega se tradujo en el siglo XIX, la Latina lo hace a comienzos del siglo XX y “camuflada” dentro de una Historia Universal. No dejan de ser curiosas, a tenor de tales asimetrías y desproporciones, las pequeñas historias culturales y editoriales que envuelven el mundo de las letras.

Francisco García Jurado
HLGE

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